El
hogar de la calle
Según el
último Catastro Nacional del Ministerio de Desarrollo Social, existen 12255 personas
en situación de calle. El 68% recibe remuneraciones y un 5% tiene cursado estudios
superiores. La residencia solidaria de la Corporación Nuestra Casa se encarga
de acoger a este tipo de personas: las que estudian, trabajan y que por una razón
específica siguen viviendo en la indigencia extrema. Los caminos de Pedro
Maldonado y José González llegaron hasta aquí.
Daniela
Herrera G.
Pedro y José no se conocen. El
viernes pasado, a Pedro le daban una nueva oportunidad de ingreso en la
residencia de la Corporación Nuestra Casa. A José le solicitaban hacer abandono
del lugar. Cinco días estuvo sin alojar y sus pertenencias habían sido
retiradas de la habitación. Cuando llegó, se encontró con la sorpresa. “¿A
dónde te vái a quedar?”, le preguntó Don Esteban, el cocinero de la residencia.
“No sé, yo cacho que a la vida no más”, respondió, mientras acomodaba en su
espalda un bolso de campaña. “Ándate al Víctor Jara, hueón”. Eran cerca de las
22 horas y el único albergue abierto de Santiago estaba llegando a su máxima
capacidad.
El miércoles 15 de mayo, el noticiario “24 horas en
la mañana” entregaba información respecto a la apertura del Estadio Víctor Jara
para la gente en situación de calle. El primer albergue habilitado en la Región
Metropolitana abriría sus puertas a las 17 horas producto de una alerta
preventiva de bajas temperaturas decretada por la Oficina Nacional de
Emergencias (ONEMI). “Lo complicado acá es que obviamente la persona en
situación de calle no tiene televisor, no tiene radio, no tiene celular y menos
internet. ¿Entonces, cómo se entera de que los albergues están habilitados para
que puedan dormir ahí?”, comentaba Dante Muzzio, periodista de TVN, en su
despacho.
La persona en situación de calle no necesariamente
cumple con las características descritas anteriormente. Muchas sí tienen acceso
a un televisor o a una radio porque viven en residencias solidarias. De acuerdo
a la definición que da el Ministerio de Desarrollo Social, las personas en
situación de calle son aquellas que “por carecer de un alojamiento fijo,
regular y adecuado para pasar la noche, encuentran residencia nocturna —pagando o no por este servicio— en lugares dirigidos por entidades
públicas, privadas o particulares, que brindan albergue temporal. Pertenecen a
este grupo quienes alojan en residencias y hospederías, solidarias o
comerciales”.
La
residencia solidaria “Nuestra Casa” fue creada de manera independiente el año
2000 por estudiantes de arquitectura. La idea era formar una casa en comunidad
para albergar a gente que dormía en espacios públicos y, al mismo tiempo,
reinsertarla a la sociedad como personas autovalentes tanto económica como
emocionalmente. La casa tiene capacidad para 34 hombres entre 18 y 60 años y
los residentes se encargan de administrarla de acuerdo a normas impuestas por
los monitores de la corporación. El aporte que los habitantes deben hacer es de
$1100 diarios y $500 adicionales si quieren cenar. Todos los días, uno es el
encargado de ir a buscar el pan y los turnos de aseos se cambian semanalmente. Todos
deben tener un trabajo ya sea estable o esporádico y a las 9 de la mañana deben
salir hacia sus trabajos.
Aunque todas las personas que viven
en residencias solidarias estudian o trabajan, la situación de calle está lejos
de ser una condición superada. Según María Paz Martínez, sicóloga de la
residencia solidaria “Nuestra Casa”, no
es porque sea un gusto vivir así, como se suele pensar, sino que “existe un
hecho muy particular que los hace caer en esta condición”. La razón es siempre una,
pero ésta puede ser canalizada en caminos completamente distintos.
Primer
camino: consumo de alcohol y drogas
Es viernes. Son cerca de las 22
horas y Pedro Maldonado recibe una noticia tranquilizadora. Jennifer Cortés,
monitora y encargada de la residencia “Nuestra Casa”, le comenta que será
aceptado, por tercera vez, en el hogar que hace un par de meses decidió dejar. En
ese entonces, sus estudios de cocina internacional —realizados gracias al programa
Chile Solidario— le permitieron trasladarse a una clínica siquiátrica a trabajar
como encargado de cocina. Desde hace tres semanas, luego que lo despidieran de
la institución, que dormía en una casa okupa.
“Maldonado”, como lo llaman en la
casa, tiene 34 años. A pesar de haber cursado un año de administración de
empresas, hoy trabaja como vendedor ambulante en las micros del sector de
Patronato. Al finalizar el día, según la cantidad de ingresos que haya
obtenido, desembolsa su dinero en pasta base, cocaína y marihuana. “Ayer me
gasté como 30 lucas carreteando. Llega un momento en que no puedo evitar
comprar droga. Y sé que si me hubiese aguantado un poco, podría haber esperado
hasta el sábado y haber salido con mi hija”, comenta Pedro, quien cuando logra
mantener dinero en su bolsillo, se lo entrega a su única hija de 18 años.
El perfil que busca la Corporación
Nuestra Casa son personas que trabajen y puedan valerse por sí mismas física y
mentalmente. No se discriminan los problemas de drogas y alcohol, pero no está
permitido que los residentes ingresen con consumo de éstos. Si es así, se les
pide que regresen al día siguiente. Cuando el residente quiebra esta norma en
reiteradas ocasiones, se le castiga con el impedimento de ingresar a la casa
durante un par de días. Algunos nunca vuelven y por eso existe un porcentaje de
rotación importante dentro de ella.
Cuando Maldonado tenía 20 años, la
separación de su familia lo dejó en situación de calle. Debido a las constantes
detenciones por hurto, su esposa le exigió que abandonara la casa. Luego de tres
años viviendo con familiares, amigos y conocidos, ingresó a la cárcel de
Valparaíso producto de un robo con intimidación. Ahí terminó la enseñanza media
y dio la Prueba de Selección Universitaria (PSU). Tras seis años de privación de
libertad, comenzó a estudiar Administración de Empresas en el Centro de
Formación Técnica Simón Bolívar y a administrar un club nocturno en la ciudad
de Quillota. Por razones de dinero, desertó.
“Cuando salí de la cárcel yo
trabajaba, iba al instituto, pololeaba y me drogaba. Dejé de consumir por un
tiempo, pero me volví a desestabilizar. Así empecé a robar de nuevo para
conseguir pasta, coca y marihuana. Hoy ya no lo hago, sino que trabajo por
obtener la droga”, dice Pedro Maldonado, mientras come, luego de varios días,
su primera cena bajo techo.
Según la sicóloga María Paz
Martínez, si bien tener estudios es una herramienta para salir de la situación
de calle, este estado proviene de algo emocional quebrantado que no se supera
fácilmente. Por lo mismo, “cuando no se tiene un apoyo emocional, la condición se
canaliza en el consumo de drogas y alcoholismo”.
Segundo
camino: la aventura
Mientras Pedro Maldonado come su
segunda cena en la residencia, José González se presta a dejar su habitación. Las
reglas son claras: si un residente excede el plazo de cinco días sin alojar en
la casa, y no avisa, debe hacer abandono del lugar. Aprovechando que en la casa
de su polola no estaban sus suegros, se había quedado toda la semana. Es
viernes. No tiene dónde dormir. Llueve y el albergue del Estadio Víctor Jara
está a punto de superar las 400 personas, su máxima capacidad.
José Maldonado Alarcón tiene 27
años. Estudió un tiempo Análisis de Sistemas en la Universidad Andrés Bello, sin
embargo en julio espera titularse de Técnico en Turismo en el Instituto
Profesional de Chile. Hace cuatro meses llegó a la residencia solidaria debido
a problemas con el pago de un arriendo anterior. Pero su situación de calle
comenzó hace dos años cuando su papá lo echó de la casa tras encontrarlo
fumando marihuana en el living de su casa. Las siguientes tres semanas las pasó
en una carpa, entre unos arbustos de la Plaza Portales en el Barrio Yungay.
Todos los días debía preparar su
carpa, bolso y mochila. Uno de sus amigos le prestaba el baño y muchas veces
debía esperar las duchas del gimnasio de su instituto para poder asearse. “No
por dormir en la calle me voy a echar a morir. En mi carrera se habla de
sustentabilidad y sostenibilidad. Eso tiene que ver con el equilibrio social, económico
y ecológico y con una utopía de excelente calidad de vida. En ella nadie vive
estresado y el dinero es suficiente como para vivir bien. Esa es mi lucha
diaria”, dice José Elías quien trabaja de lunes a viernes en una heladería del
Mall Chino del Barrio Patronato.
José no sabe si se le permitirá
volver a la residencia, pero el destino de sus próximas tres semanas dependerá de
ello. Hoy planea hacer su práctica en una agencia, trabajar en la Cruz Roja y
luego ser parte de la Corporación Nacional Forestal (CONAF). Para eso, necesita
establecerse en un lugar fijo y juntar el dinero que necesite para costearla
Según el Catastro Nacional del
Ministerio de Desarrollo Social del año 2012, una de cada diez personas en
situación de calle señala que le gustaría seguir viviendo como lo hacen. De acuerdo
a la sicóloga de la residencia solidaria, la persona que vive en estas
condiciones no lo hace por un estilo de vida. Todas estas personas tuvieron una
casa y una familia y es a partir de ahí que se produce el quiebre emocional.
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