lunes, 20 de mayo de 2013



El hogar de la calle

Según el último Catastro Nacional del Ministerio de Desarrollo Social, existen 12255 personas en situación de calle. El 68% recibe remuneraciones y un 5% tiene cursado estudios superiores. La residencia solidaria de la Corporación Nuestra Casa se encarga de acoger a este tipo de personas: las que estudian, trabajan y que por una razón específica siguen viviendo en la indigencia extrema. Los caminos de Pedro Maldonado y José González llegaron hasta aquí.

Daniela Herrera G.

Pedro y José no se conocen. El viernes pasado, a Pedro le daban una nueva oportunidad de ingreso en la residencia de la Corporación Nuestra Casa. A José le solicitaban hacer abandono del lugar. Cinco días estuvo sin alojar y sus pertenencias habían sido retiradas de la habitación. Cuando llegó, se encontró con la sorpresa. “¿A dónde te vái a quedar?”, le preguntó Don Esteban, el cocinero de la residencia. “No sé, yo cacho que a la vida no más”, respondió, mientras acomodaba en su espalda un bolso de campaña. “Ándate al Víctor Jara, hueón”. Eran cerca de las 22 horas y el único albergue abierto de Santiago estaba llegando a su máxima capacidad.

El miércoles 15 de mayo, el noticiario “24 horas en la mañana” entregaba información respecto a la apertura del Estadio Víctor Jara para la gente en situación de calle. El primer albergue habilitado en la Región Metropolitana abriría sus puertas a las 17 horas producto de una alerta preventiva de bajas temperaturas decretada por la Oficina Nacional de Emergencias (ONEMI). “Lo complicado acá es que obviamente la persona en situación de calle no tiene televisor, no tiene radio, no tiene celular y menos internet. ¿Entonces, cómo se entera de que los albergues están habilitados para que puedan dormir ahí?”, comentaba Dante Muzzio, periodista de TVN, en su despacho.

La persona en situación de calle no necesariamente cumple con las características descritas anteriormente. Muchas sí tienen acceso a un televisor o a una radio porque viven en residencias solidarias. De acuerdo a la definición que da el Ministerio de Desarrollo Social, las personas en situación de calle son aquellas que “por carecer de un alojamiento fijo, regular y adecuado para pasar la noche, encuentran residencia nocturna —pagando o no por este servicio— en lugares dirigidos por entidades públicas, privadas o particulares, que brindan albergue temporal. Pertenecen a este grupo quienes alojan en residencias y hospederías, solidarias o comerciales”. 

La residencia solidaria “Nuestra Casa” fue creada de manera independiente el año 2000 por estudiantes de arquitectura. La idea era formar una casa en comunidad para albergar a gente que dormía en espacios públicos y, al mismo tiempo, reinsertarla a la sociedad como personas autovalentes tanto económica como emocionalmente. La casa tiene capacidad para 34 hombres entre 18 y 60 años y los residentes se encargan de administrarla de acuerdo a normas impuestas por los monitores de la corporación. El aporte que los habitantes deben hacer es de $1100 diarios y $500 adicionales si quieren cenar. Todos los días, uno es el encargado de ir a buscar el pan y los turnos de aseos se cambian semanalmente. Todos deben tener un trabajo ya sea estable o esporádico y a las 9 de la mañana deben salir hacia sus trabajos. 

Aunque todas las personas que viven en residencias solidarias estudian o trabajan, la situación de calle está lejos de ser una condición superada. Según María Paz Martínez, sicóloga de la residencia solidaria “Nuestra Casa”,  no es porque sea un gusto vivir así, como se suele pensar, sino que “existe un hecho muy particular que los hace caer en esta condición”. La razón es siempre una, pero ésta puede ser canalizada en caminos completamente distintos. 

Primer camino: consumo de alcohol y drogas

Es viernes. Son cerca de las 22 horas y Pedro Maldonado recibe una noticia tranquilizadora. Jennifer Cortés, monitora y encargada de la residencia “Nuestra Casa”, le comenta que será aceptado, por tercera vez, en el hogar que hace un par de meses decidió dejar. En ese entonces, sus estudios de cocina internacional —realizados gracias al programa Chile Solidario— le permitieron trasladarse a una clínica siquiátrica a trabajar como encargado de cocina. Desde hace tres semanas, luego que lo despidieran de la institución, que dormía en una casa okupa.

“Maldonado”, como lo llaman en la casa, tiene 34 años. A pesar de haber cursado un año de administración de empresas, hoy trabaja como vendedor ambulante en las micros del sector de Patronato. Al finalizar el día, según la cantidad de ingresos que haya obtenido, desembolsa su dinero en pasta base, cocaína y marihuana. “Ayer me gasté como 30 lucas carreteando. Llega un momento en que no puedo evitar comprar droga. Y sé que si me hubiese aguantado un poco, podría haber esperado hasta el sábado y haber salido con mi hija”, comenta Pedro, quien cuando logra mantener dinero en su bolsillo, se lo entrega a su única hija de 18 años.

El perfil que busca la Corporación Nuestra Casa son personas que trabajen y puedan valerse por sí mismas física y mentalmente. No se discriminan los problemas de drogas y alcohol, pero no está permitido que los residentes ingresen con consumo de éstos. Si es así, se les pide que regresen al día siguiente. Cuando el residente quiebra esta norma en reiteradas ocasiones, se le castiga con el impedimento de ingresar a la casa durante un par de días. Algunos nunca vuelven y por eso existe un porcentaje de rotación importante dentro de ella. 

Cuando Maldonado tenía 20 años, la separación de su familia lo dejó en situación de calle. Debido a las constantes detenciones por hurto, su esposa le exigió que abandonara la casa. Luego de tres años viviendo con familiares, amigos y conocidos, ingresó a la cárcel de Valparaíso producto de un robo con intimidación. Ahí terminó la enseñanza media y dio la Prueba de Selección Universitaria (PSU). Tras seis años de privación de libertad, comenzó a estudiar Administración de Empresas en el Centro de Formación Técnica Simón Bolívar y a administrar un club nocturno en la ciudad de Quillota. Por razones de dinero, desertó.

“Cuando salí de la cárcel yo trabajaba, iba al instituto, pololeaba y me drogaba. Dejé de consumir por un tiempo, pero me volví a desestabilizar. Así empecé a robar de nuevo para conseguir pasta, coca y marihuana. Hoy ya no lo hago, sino que trabajo por obtener la droga”, dice Pedro Maldonado, mientras come, luego de varios días, su primera cena bajo techo.

Según la sicóloga María Paz Martínez, si bien tener estudios es una herramienta para salir de la situación de calle, este estado proviene de algo emocional quebrantado que no se supera fácilmente. Por lo mismo, “cuando no se tiene un apoyo emocional, la condición se canaliza en el consumo de drogas y alcoholismo”.

Segundo camino: la aventura

Mientras Pedro Maldonado come su segunda cena en la residencia, José González se presta a dejar su habitación. Las reglas son claras: si un residente excede el plazo de cinco días sin alojar en la casa, y no avisa, debe hacer abandono del lugar. Aprovechando que en la casa de su polola no estaban sus suegros, se había quedado toda la semana. Es viernes. No tiene dónde dormir. Llueve y el albergue del Estadio Víctor Jara está a punto de superar las 400 personas, su máxima capacidad.

José Maldonado Alarcón tiene 27 años. Estudió un tiempo Análisis de Sistemas en la Universidad Andrés Bello, sin embargo en julio espera titularse de Técnico en Turismo en el Instituto Profesional de Chile. Hace cuatro meses llegó a la residencia solidaria debido a problemas con el pago de un arriendo anterior. Pero su situación de calle comenzó hace dos años cuando su papá lo echó de la casa tras encontrarlo fumando marihuana en el living de su casa. Las siguientes tres semanas las pasó en una carpa, entre unos arbustos de la Plaza Portales en el Barrio Yungay.

Todos los días debía preparar su carpa, bolso y mochila. Uno de sus amigos le prestaba el baño y muchas veces debía esperar las duchas del gimnasio de su instituto para poder asearse. “No por dormir en la calle me voy a echar a morir. En mi carrera se habla de sustentabilidad y sostenibilidad. Eso tiene que ver con el equilibrio social, económico y ecológico y con una utopía de excelente calidad de vida. En ella nadie vive estresado y el dinero es suficiente como para vivir bien. Esa es mi lucha diaria”, dice José Elías quien trabaja de lunes a viernes en una heladería del Mall Chino del Barrio Patronato.

José no sabe si se le permitirá volver a la residencia, pero el destino de sus próximas tres semanas dependerá de ello. Hoy planea hacer su práctica en una agencia, trabajar en la Cruz Roja y luego ser parte de la Corporación Nacional Forestal (CONAF). Para eso, necesita establecerse en un lugar fijo y juntar el dinero que necesite para costearla

Según el Catastro Nacional del Ministerio de Desarrollo Social del año 2012, una de cada diez personas en situación de calle señala que le gustaría seguir viviendo como lo hacen. De acuerdo a la sicóloga de la residencia solidaria, la persona que vive en estas condiciones no lo hace por un estilo de vida. Todas estas personas tuvieron una casa y una familia y es a partir de ahí que se produce el quiebre emocional.

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